Las tradiciones musicales judías en Francia

Por Hervé Roten

¡Una historia judía nos cuenta que cuando dos judíos hablan, surgen al menos tres opiniones diferentes! Del mismo modo, cuando hablamos de “tradiciones musicales judías”, es bueno conjugar la fórmula en plural, ya que multiplicidad y variedad son las palabras clave de este universo. Existe en el mundo un centenar de tradiciones musicales judías.

Solo en Francia, hay casi veinte. Se trata de la obra de las tres principales familias judías que viven actualmente en el suelo francés:

Los Sefardíes (que fueron expulsados de la Península Ibérica en 1492 y 1497)

Los Asquenazíes (de Europa del Este y de Alsacia-Lorena)

Los Judíos de África del Norte (los más numerosos). Estos últimos, a menudo erróneamente, se autodenominan Sefardíes.

La comunidad francesa representa casi 600.000 personas. Sin embargo, dista mucho de ser homogénea; cada uno de estos tres grupos está formado por una multitud de subgrupos de orígenes diversos, cada uno con su propia tradición musical.

Este mosaico de comunidades ha dado lugar a una práctica musical que se inscribe al interior de un marco litúrgico o comunitario.

La música litúrgica representa lo esencial de la práctica musical judía. El canto está omnipresente en la sinagoga o en casa, y da el ritmo a la vida de los fieles. Todo judío religioso va a la sinagoga dos veces al día para recitar las melodías aprendidas de sus padres según la tradición oral. Las fiestas judías dan lugar a un florecimiento musical más o menos pronunciado en función de su significado y su importancia dentro del calendario litúrgico.

Desde la caída del Templo (70 d. C.), los instrumentos musicales, los instrumentos musicales están prohibidos en la sinagoga (excepto el Shofar, un cuerno de carnero que se toca durante las fiesta de Año Nuevo y de Yom Kippur). Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XIX, los asquenazíes utilizan a veces el órgano como acompañamiento de los cánticos, fuera de los periodos de prohibición del Shabat y de las grandes fiestas.

Los actores y portadores de esta tradición musical son: el cantor (jazán), el rabino y los fieles que participan activamente en los servicios, porque el canto afecta frecuentemente una forma responsorial. Entre estos fieles, cabe destacar la importancia del “Ba’ale massore” (textualmente: poseedor de la tradición). Este erudito, que conoce la tradición de memoria, es el garante de la correcta observancia de los ritos y las melodías que se cantan en su sinagoga. Tenemos que señalar que estas tradiciones, en un principio esencialmente orales, se acompañan desde la segunda mitad del siglo XIX de una tradición escrita, consistente en transcripciones de oraciones existentes o en melodías inventadas para las distintas circunstancias litúrgicas del año judío.

Cada sinagoga tiene su propio rito musical. Esto depende de la ubicación de la sinagoga, de la práctica de tradiciones ancestrales y del origen  de la mayoría de los fieles. Así, en una comunidad homogénea, compuesta exclusivamente por judíos tunecinos, las oraciones se cantarán según el rito tunecino. En la gran sinagoga de la Victoria de París, el rito es en principio asquenazí, pero las melodías son en su mayoría del periodo consistorial… Entonces, muy diferentes de un rito polaco o ruso, por ejemplo. Algunas comunidades – especialmente en las ciudades donde la población judía es numéricamente pequeña – reúnen a fieles de orígenes muy diferentes, y se crea una mezcla de melodías y tradiciones distintas (según el impacto y la fuerza de los grupos implicados), que luego se transmite así.

Paralelamente a esta práctica litúrgica, existe una práctica musical comunitaria. Esto reivindica la identidad judía como base de una conciencia musical. Así, las músicas de Europa del Este (yiddish, jasídicas), orientales y judeo-españolas – que antaño se cantaban en la vida cotidiana – están vinculadas a una cultura diaspórica muchas veces desaparecida y en proceso de recuperación. Estas prácticas suelen tener lugar en centros comunitarios, salas de pueblo, salas de conciertos o incluso en el café-teatro. El canto es el elemento predominante, pero el baile, que perpetúa el folclore jasídico o israelí, desempeña un papel importante. Para acompañar a los cantantes o bailarines, se utilizan frecuentemente instrumentos como el violín, el clarinete, el acordeón o la guitarra.

Después de haber participado plenamente en estas tradiciones, el judío de hoy es un simple participante, espectador externo a una cultura, un folclore y un imaginario que a menudo sólo conoce a través de estas representaciones y que cultiva como parte integrante de sus raíces y de su identidad judía. Así, los asquenazíes reviven las inquietantes melodías del folclore yiddish. Los jasidim bailan y expresan su alegría al son de formaciones orquestales recordando a los antiguos conjuntos instrumentales de Europa del Este (klezmerim). Del mismo modo, los antiguos romances o canciones de cuna judeo-españolas cuentan la historia del reino de Salomón con el sonido de la guitarra. Sin embargo, los distintos intérpretes de esta música no suelen estar especializados en una única tradición. No dudan en reapropiarse de repertorios fácilmente intercambiables, enlazando canciones yiddish y músicas judeo-españolas. De este modo, recurren a una vasta reserva musical, nacida de las tribulaciones del pueblo judío, para crear una especie de folclore mítico.

En las últimas décadas, cantos y bailes populares israelíes (como la Hora, un baile originario de Europa del Este) se han incorporado al repertorio de las tradiciones musicales judías en Francia. Estas músicas, de carácter popular, incluyen a todos los participantes y se interpreta generalmente en el seno de los movimientos juveniles o durante las grandes celebraciones familiares, como las bodas, la iniciación religiosa (Bar mitsvah) o incluso la circuncisión.

Este breve resumen pone en evidencia la diversidad y la vivacidad de las tradiciones musicales judías en Francia. Existen dos tipos de prácticas musicales en el seno de la comunidad. El primero es litúrgico y expresa la fe de los fieles hacia Dios. La segunda, de carácter comunitario, refuerza los lazos entre los judíos a través de un folclore “recompuesto” para la ocasión, lugar de encuentro de la diferencia del otro.

Estas dos prácticas son complementarias y no pueden vivir la una sin la otra. Como dos partes de una pareja, se desean, se desgarran y se reconcilian para ir más allá en la realización de su profunda autenticidad.

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