
Por Isabelle Durin
A principios del siglo XX, el auge del antisemitismo bajo los regímenes totalitarios de Europa empujó a una gran parte de la población judía al exilio, lo que dio lugar a varias oleadas de inmigración entre las dos guerras mundiales. En aquella época, Estados Unidos se presentaba como un auténtico Eldorado, una tierra prometida de ensueño en la que todo parecía posible.
Entre estos exiliados se encuentran compositores de renombre, como los austriacos Max Steiner y Erich Wolfgang Korngold, los alemanes Franz Waxman y André Previn, el húngaro Miklós Rózsa, el polaco Bronisław Kaper, el ruso Irving Berlin y el ucraniano Dimitri Tiomkin. Algunos de ellos vivieron este desarraigo en circunstancias a veces dramáticas. Waxman, agredido violentamente en plena calle por las SA en 1934, decidió huir de Berlín al día siguiente. Previn, siendo aún un niño, abandonó Alemania en 1938, unas semanas antes de la Noche de los Cristales Rotos, gracias a la complacencia de un oficial nazi al que su padre, abogado, había defendido en el pasado. También en 1938, en el momento del Anschluss, Korngold, cuya carrera ya era floreciente, se encontraba en Estados Unidos, donde había seguido a Max Reinhardt para un proyecto cinematográfico, El sueño de una noche de verano, un contrato con Warner Bros que le salvaría la vida.
Los vínculos que algunos compositores establecen con amigos, directores o productores —a veces ya afincados allí— sirven de puente entre la Vieja Europa y el Nuevo Mundo: Tal es el caso de Dimitri Tiomkin, guiado por los consejos de Fiódor Shalyapin y George Gershwin; Miklós Rózsa, contratado por Alexander Korda para El ladrón de Bagdad y posteriormente El libro de la selva; o incluso Franz Waxman, animado por Erich Pommer.
Hollywood se impone entonces como el lugar de moda para cualquier compositor que aspire a dar a conocer su música. En una época en la que las grandes productoras dan forma a la industria del sueño y el entretenimiento, el cine se convierte en una puerta de entrada al mundo artístico. La llegada del cine sonoro, marcada por El cantante de jazz (1927), inaugura esta Edad de Oro que se prolongará durante tres décadas. Y los compositores judíos exiliados, herederos de la tradición Wagner-Mahler-Strauss, participarán ampliamente en ella aportando a Hollywood su saber hacer procedente de la música culta. Korngold y Steiner, ambos niños prodigio y genios polifacéticos, son ejemplos brillantes de ello. Consagrados por el propio Mahler, llevan este legado con garbo. Steiner, con su característico humor, recordaba: «Mahler predijo que me convertiría en uno de los más grandes compositores de todos los tiempos; ¡no sabía que acabaría en Warner Bros!».
Estos dos vieneses, junto a Waxman, son los dignos herederos del estilo de sus predecesores, al tiempo que se emancipan de esas figuras tutelares, a veces demasiado dominantes: dan así origen al sinfonismo hollywoodiense, denominación que aúna el posromanticismo germánico y la mezcla cultural de una América plural.
En su deseo de integrarse en la cultura estadounidense, estos compositores intentan unificar su doble identidad, europea y estadounidense, y casi todos recurrirán a lo que constituye la riqueza de esta última: el jazz.

Es este sincretismo musical, este entrelazamiento de aportaciones estilísticas, lo que conforma el sonido de la Edad de Oro, trascendiendo todos los géneros cinematográficos: películas de aventuras (El príncipe y el mendigo, El libro de la selva), epopeyas grandiosas (Ben Hur, Tarás Bulba), frescos novelescos (Lo que el viento se llevó, Los hermanos Karamázov), musicales (The Jazz Singer, Annie, la reina del circo), películas negras (El crimen era casi perfecto, Un lugar al sol)…. Tantas estéticas que exigen una inspiración en constante evolución y demuestran el alcance de estos talentos extraordinarios.
Waxman parece ser el paradigma de esta escritura híbrida y audaz, al igual que Steiner. Tiomkin, que se autodenominaba con humor «un ruso de Hollywood», combina el lirismo eslavo con el folclore estadounidense en el western. Berlin, por su parte, recurre a acentos yiddish, mientras que Rózsa incorpora expresiones típicas húngaras. Por último, Previn, el más asimilado de todos, destaca como uno de los mayores pianistas de jazz del estilo West Coast, un auténtico hombre-orquesta que marcó el apogeo del esplendor hollywoodiense.
Todos ellos han sido aclamados y galardonados con múltiples premios Óscar. Situada en la encrucijada entre el «mundo de ayer» y la modernidad de una América en plena transformación, su música seguirá siendo para ellos un pasaporte universal.
La música cinematográfica que vendría después, impulsada por figuras como Bernard Herrmann, Elmer Bernstein, Jerry Goldsmith y, por supuesto, John Williams, es la heredera directa de esos pioneros, que en tres décadas (de los años 30 a los 50) grabaron sus nombres con letras de oro. De ese exilio inexorable supieron sacar fuerza; de su judaísmo, un sustrato, ya no abocado a la aniquilación, como en Europa, sino orientado hacia un impulso vital y creador en el país del final feliz.
Fuente: Folleto del CD «Exile to Hollywood», pp. 2-3
Más información sobre el CD «Exile to Hollywood»
Ver los artículos de Laure Schnapper:
- « L’ exil des musiciens judéo-allemands aux États-Unis (1933-1944) », Encyclopédie d’histoire numérique de l’Europe [Online], ISSN 2677-6588 https://ehne.fr/en/node/12303
- « Cinéastes berlinois et viennois exilés à Hollywood », Encyclopédie d’histoire numérique de l’Europe [Online], ISSN 2677-6588 https://ehne.fr/en/node/12216



